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lunes, 7 de mayo de 2012

El pasado domingo planeé una salida de pesca en el Itaca en busca de alguna lubina, dentón o abadejo. Pero ya se sabe el hombre propone y la naturaleza dispone...

Yo me imaginaba que después del temporal y con la calma de estos días el pescado se movería en busca de comida, además las tablas solunares predecían una actividad moderadamente alta, así que...


Con un mar en calma que invitaba a navegar, disfruto del faro de Luarca y donde el cementerio tiene las mejores vistas de Asturias. El agua que caía a intervalos no sería para mi un inconveniente.

Me fijo un poco mejor y veo un aparejo a la entrada del puerto, son aparejos presumiblemente de nasas para el pulpo y es legal dejarlos largados durante el fin de semana, pero al lado de la bocana del puerto no dejan de ser un peligro sobre todo para las embarcaciones menores, porque la bandera que lo señaliza se bien de día pero de noche o con un chubasco mediano, no se ve y la puedes llevar por delante con el consiguiente enredo en la hélice y el peligro que suponen los bajos rocosos y los bloques del espigón tan cerca.


Miro estas peñas que tanto me sugieren y me pregunto que albergarán estos fondos tan vapuleados por todos, la vida animal cada vez mas escasa, a veces aún nos sorprende con capturas que nos hacen palpitar el corazón y sino es así, solo contemplar el paisaje merece la pena.


La Chada

Sigo navegando, vigilando la sonda y esperando que me delate algún banco de peces pasto, ya que hasta el momento solo había detectado algún ejemplar suelto o en grupo reducido.

Al fin, la sonda marca una mancha grande, en una zona concreta se ve como los peces se agrupan, levantándose un poco del fondo. Me pongo manos a la obra, lo intento de varias maneras distintas, pero  no supe engañarlas si es que alguna lubina estaba a la caza, no quiso saber nada de mis señuelos.


Así que decido cambiar de estrategia y ver si hay algún abadejo por mares mas profundos. Navegando y disfrutando del mar aunque a veces los chubascos me obligaban a ponerme a cubierto, suelto aparejos para que exploren las profundidades, una a una recorro las marcas de la zona y aunque en una de ellas la sonda marcaba lo que podían ser submarinos verdes, tampoco quisieron mis señuelos.

Cuando arriaba el aparejo, que es de trenzado de colores, me llamó la atención algo que subía de las profundidades siguiendo los colores de la línea ¡Era un calamar! Así que pensé calamares y abadejos no deben ser muy buenos amigos. Contemplo el arco iris por última vez y pongo rumbo a puerto. No siempre se pesca y menos lo que uno quiere. Cuando llegué a puerto me dije que así y todo el día había sido espléndido y merecido la pena.